sopa-de-tomate1Es asombroso comprobar cómo se sigue enseñando en numerosos ámbitos docentes (financiados inocentemente por los contribuyentes y los estudiantes) y en sus correspondientes libros de texto, la mitológica hipótesis de la llamada «sopa primigenia», del famoso biólogo soviético Alejandro Oparin.

Causa lástima que enseñen esa desafortunada hipótesis como si se tratase de algo ya demostrado experimentalmente, cuando la realidad y la ciencia experimental nos indican que es falsa. Que ese tipo de fraudes sigan siendo inoculados en la mente de los estudiantes y del público en general como si se tratase de ciencia, es algo que clama al cielo.

El célebre químico Louis Pasteur ya había demostrado experimentalmente que no existe la generación espontánea. Hoy día, ese descubrimiento sigue siendo elemental y necesario, por ejemplo, para laboratorios y hospitales.

Pues bien, a pesar de que había quedado bien claro y nítidamente demostrado que era imposible la generación espontánea, el joven Stanley Miller, guiado por su mentor Harold Urey, se propuso demostrar experimentalmente en 1953 que la vida había surgido en la tierra a partir de un caldo inerte (¿será que Miller nunca se había bebido un vaso de leche?).

Stanley Miller

Stanley Miller

Para empezar, en el caldo utilizado en su experimento, Miller había creado una atmósfera incorrecta según la ciencia posterior. Es decir, Miller utilizó una atmósfera de amoníaco, metano, hidrógeno y vapor de agua, que supuestamente habría existido en la Tierra inicialmente; luego se demostró que tal suposición era incorrecta, porque, según los científicos actuales, se constituía principalmente de nitrógeno y dióxido de carbono y no contenía la proporción de metano y amoníaco supuesta y usada por Miller.

En segundo lugar, recordemos que los aminoácidos son los monómeros de las proteínas. Esto es, las proteínas están formadas por secuencias organizadas de aminoácidos. ¿Por qué traemos esto a colación? Porque el hecho de que se generasen aminoácidos en el experimento de Miller es lo que ha hecho que muchos hayan intentado justificar falazmente la generación espontánea. Según estos materialistas, los aminoácidos generados en la sopa primigenia que hizo aparecer, por arte de magia, la vida en la tierra (y que Miller recreó), se autoubicaron ordenadamente por azar en secuencias adecuadas para configurar proteínas; estas proteínas se autoubicaron ordenadamente por azar en estructuras semejantes a la membrana celular y… voilà! ¡De repente apareció la célula primitiva! Con el tiempo, según los mitómanos de la sopa evolutiva, las células se unieron, conformando organismos vivientes más complejos, y después fueron evolucionando y evolucionando…

Pero ahora pongamos los pies en la tierra y racionalicemos brevemente ese mito materialista:

1) El experimento de Miller «autogeneró» solamente aminoácidos. No hace falta decir que de un aminoácido a una célula (unidad viva más pequeña que existe), hay una distancia bastante considerable.

2) Los aminoácidos se encuentran en formas levógiras y dextrógiras. Los dextrógiros son incapaces de funcionar en la composición de organismos vivientes y sólo conforman proteínas inútiles. Esto es especialmente gracioso si tenemos en cuenta que esos aminoácidos (menos del 2%) generados en el experimento de Miller dieron como resultado una mezcla casi a partes iguales de aminoácidos de formas levógiras y dextrógiras. Por tanto, tal sopa primigenia es incapaz de formar proteínas. Sin proteínas tampoco hay célula; por lo tanto, sin proteínas no hay seres vivos.

3) Como hemos apuntado, menos del 2% de los productos formados en el experimento de Miller fueron aminoácidos. Los productos principales fueron ácidos carboxílicos y alquitrán, que son tóxicos para la vida. Es más, aparte de ser tóxicos, son también más propensos a unirse a los aminoácidos, rompiendo así cualquier posible cadena de desarrollo e impidiendo que los aminoácidos se unan entre ellos. Por tanto, el experimento de Miller mostró la imposibilidad de que los aminoácidos puedan unirse sin intervención externa; si no pueden unirse por sí solos, tampoco pueden formar proteínas, ni menos aún células.

En resumidas cuentas, hemos visto que Miller lo único que hizo fue contribuir a denigrar aún más la ridícula hipótesis de Oparin. Por otro lado, el solo hecho de leer la obra de Oparin, en que expone su teoría con un sinnúmero de fórmulas y reacciones químicas, ya hace pensar en que todo eso supone unas leyes, leyes que suponen una inteligencia que dirija el proceso desde fuera.

Pero, siendo honrados, algo sí demostró Miller con su experimento: el solo aparato-de-millerhecho de sintetizar aminoácidos no significa creación de vida. Pero, además, la cantidad y tipos de gases usados en el experimento, fueron determinados intencionadamente por Miller para inducir el efecto deseado, al igual que la energía y otras condiciones. Todo fue creado por Miller conscientemente, con unas condiciones establecidas específicamente por él y bajo su control inteligente en el laboratorio. El hecho de que, como fruto de la intervención externa de Miller, aparecieran aminoácidos, no ha descubierto cómo pasan a existir espontáneamente los aminoácidos sin una intervención externa. Por tanto, los aminoácidos no pudieron surgir más que por una inteligencia externa que estableció las condiciones idóneas para que surgiesen.

Por otra parte, tampoco demostró Miller cómo pasan a auto-organizarse esos aminoácidos para conformar una proteína útil para la vida, ni tampoco cómo esa proteína ideal se auto-organizaría para conformar una estructura celular. Científicamente, no existen mecanismos conocidos por los que una proteína pueda reproducirse a sí misma sin un complejo aparato bioquímico.

Los experimentos similares con una atmósfera más realista que la de Miller, como los de Fox o los de Chen y Ferris, han sufrido fracasos aún más estrepitosos.

Y es que, para que exista una célula viva, hace falta un mecanismo complejo totalmente sincronizado: cientos de proteínas distintas, codificaciones en el ADN, enzimas para descifrarlas y una membrana permeable. Puesto que en el mundo prebiótico esos bloques de construcción de la vida debieron estar rodeados de muchas otras sustancias enormemente reactivas, la reacción de los bloques con tales sustancias sería más rápida que la de unos bloques con otros. A menos que de alguna forma se hayan evitado esas reacciones secundarias destructivas (lo cual científicamente es imposible sin una intervención externa), la aparición del ADN, el ARN o las proteínas habría sido sencillamente imposible.

capillasixtinaEn fin, quizá sea esa la causa de que el científico John B. Haldane, famoso fisiólogo genetista británico y profesor de la Universidad de Cambridge, dé muestras de honradez intelectual al afirmar que el origen de la vida en la tierra es, sencillamente, imposible sin un Ser Inteligente preexistente.

Aun así, sin ningún escrúpulo, todavía hoy siguen presentando aquel triste y fracasado experimento de Miller como «evidencia» para explicar el primer estadio del período evolutivo.louispasteur

De todo ello se desprende que, si en la tierra era imposible la vida en su origen, de algún sitio tuvo que salir la vida. A ello se añaden las evidencias de los invictos experimentos de Pasteur, que indican indudablemente que la generación espontánea no existe.

G. Pérez