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Viernes 15 de octubre de 2010

El tradicionalismo religioso

Primera intervención
Gnosis verdadera y gnosis falsa; tradicionalismo y gnosticismo

Guillermo P.

Todos los sistemas de pensamiento se reducen sustancialmente a lo analizado ―con otra terminología― por San Agustín mediante sus dos ciudades: o son tradicionalistas o son gnósticos.

En primer lugar, las falsas tradiciones o corrientes gnósticas son inmanentistas. Tienen, en efecto, una idea errónea del origen del mundo (de tendencia panteística), y concepciones erróneas sobre la dignidad del hombre, el cual piensan que no es ontológicamente dependiente de un Dios externo a él, sino que él mismo es una parte de la Divinidad. Niegan, entonces, la independencia ontológica de la criatura respecto a su Creador. Consciente o inconscientemente, interpretan el principio de todo en el pleroma: un abismo vacío e indeterminado, oscuridad inconsciente, de la que nace un universo manifiesto por una caída, que produce fragmentación y división. Así, la naturaleza humana se halla encerrada, como semilla del pleroma, en la prisión carnal, en la idea de que el mundo es material y, como tal, malo por esencia. Contraponen entonces lo material y lo espiritual como dos cosas enfrentadas, de manera que, en el plano moral, o se dirigen a tendencias libertinas y pervertidas, o bien a un ascetismo puritano, porque desprecian la sacralidad del cuerpo y consideran que la naturaleza humana se halla encerrada en una cárcel que es el cuerpo (algo impuro). Y que se liberará uniéndose al Todo y aniquilándose la identidad (reencarnación…), siendo así la redención una vuelta a la unidad indiferenciada.

Sin embargo, para el tradicionalista, el mundo y la materia son naturalmente buenos, tanto lo material como espiritual, pero han caído por el pecado original. Mediante la gracia se deifica de verdad el alma sin que, al revés de lo que creen los gnósticos, se aniquile la identidad: el ser humano y Dios permanecen diferenciados. Así pues, la verdadera Tradición reconoce el valor y la bondad esencial del cuerpo y de lo material; y es el hombre entero el que hace el bien o el mal, de modo que el cuerpo ha contribuido a la salvación como a la condenación: por eso el hombre debe ser recompensado o castigado todo entero. El cuerpo, que no es culpable de la caída primordial, está pagando lo que hizo la verdadera culpable: el alma.

En segundo lugar y en consecuencia de lo anterior, el gnóstico, considerándose a sí mismo como un dios, portador de muchos derechos que le confieren estatus divino, persevera en la misma actitud que es responsable de la caída original y del miserable estado actual del mundo; por eso no acepta los milagros. Puede aceptar cosas más o menos inexplicables racionalmente desde un punto de vista puramente positivista, pero no los milagros. No los acepta porque el gnóstico se hace dios a sí mismo. Puesto que él mismo es parte del mundo, es parte inherente de la divinidad, de modo que la razón que le mueve a no aceptar los milagros es el no asumir nada externo al mundo. Se basan en la insensatez que se atreve a medir el poder infinito de Dios con el miserable poder del hombre, o bien en hablar contra su propia conciencia: rechazan los milagros para poder rechazar la religión, que condena sus vicios.

En tercer lugar, si la Tradición (a la que no es necesario unirle el adjetivo «viva» porque es una cosa sustancialmente viva en el sentido de que mantiene unos principios, una continuidad ininterrumpida al transmitirse intacta de generación en generación) se centra en lo inmutable y en la metahistoria como principios externos que gobiernan la historia y el tiempo, el gnosticismo, en cambio, siendo panteístico, se centra en el cambio puro, llámese evolucionismo, historicismo, dialecticismo, progresismo o conservadurismo, entre otras etiquetas, puesto que la intencionalidad es siempre la de mantener unos prejuicios subjetivos anclados en una contradictoria amalgama de pasiones y emociones individualistas y egoístas. [1]

Por consiguiente, los gnósticos no pueden aceptar el principio de no-contradicción, según el cual una cosa no puede ser roja y verde a la vez, porque la contradicción interesada es una de las bases de su sistema. De ahí su tendencia es a incorporar en un sistema único (de trasfondo sincrético) los más variados y contradictorios componentes culturales sobre la base de un relativismo teorético y moral, porque no reconocen el principio de no-contradicción, a pesar de que necesiten ―como todo hijo de vecino― usarlo a todas horas, incluso para poner en marcha un coche, para colgar o descolgar un teléfono o para saber si alguien está vivo o muerto.

Tal relativismo irracional, basado en el puro cambio, tiene su razón de ser en la concepción ya señalada de que cada individuo por sí mismo es dios. De ahí un acertado aforismo que separa la verdadera de la falsa gnosis: El hombre moderno o cree en Dios o se cree Dios del erudito Nicolás Gómez Dávila.

La verdadera gnosis implica un conocimiento (cf. Ioh. 17, 3), pues Cristo enseña que la vida eterna es conocer a Dios. Ahora bien, la falsedad de la pretensión de conocimiento de los gnósticos se halla en su tendencia a juzgar sin elementos ni de juicio ni de conocimiento, sino basándose tan sólo en aquellos elementos que más les convienen (extraídos de experiencias vitales propias) para satisfacer sus aspiraciones egoístas; tienden así a establecer dos categorías: la de los que han vivido algo y lo conocen y la de los que no lo han vivido.

Sin embargo, los cristianos, basándose en la Tradición, no establecen dos categorías que nieguen el principio de no-contradicción: el conocimiento imprescindible para la salvación que se ha transmitido en continuidad durante siglos, es el mismo para todos y no se veda a nadie; aunque unas élites, por razones naturales, estén más capacitadas que la gente común para adquirir un conocimiento profundo. O también, por casos sobrenaturales, cuando, de manera excepcional, unos pocos humildes que no se ciñen a sus propios caprichos tengan el privilegio de adquirir unas gracias, mediante las que obtengan la experiencia vital o los dones concretos de un conocimiento más directo en esta vida.

Por su parte, los gnósticos, como se basan en una conciencia cósmica que interpreta el universo como una especie de ondas de energía en evolución, conciben que dios es uno mismo, y que lo malo es lo material que se ve por fuera. De este modo, toda ocurrencia, capricho, o idea subjetiva sin fundamento en la realidad pasa para ellos a ser aceptable. Primero uno decide qué le gusta y luego trata de racionalizar que, como le gusta, es bueno y verdadero.

En cuarto lugar, es el subjetivismo voluntarista de los gnósticos la consecuencia de creer que cada individuo tiene dignidad divina por naturaleza y, al ser divina, todo lo que de él salga es aceptable. Al incidir en un entusiasmo sentimental y vitalista, creen que con la razón no se conoce a Dios, pero que el mito y esa iluminación misticista lo consiguen: Dios se halla en la voluntad humana y en las experiencias vitales de cada uno, consideradas como la base de la razón, aunque los hechos digan que la base de la razón se ancla en un conjunto de experiencias de siglos.

En cambio, la aceptación sabia y humilde de las propias limitaciones induce a reconocer verdades objetivas, cognoscibles por la razón a las que hay que someter la propia voluntad, con independencia de las malas inclinaciones. Es el objetivismo unido a la Tradición, que incide sobre el dogma racional, que reconoce incognoscible la esencia de Dios, pero racionalmente comprensible. La voluntad humana es el mal cuando no se somete a la razón. Así, la Santa Inquisición, que históricamente es la promotora de las Universidades, se preocupó en todo momento de impulsar el verdadero progreso al alejar la razón del mito, mediante la separación de los campos de lo metafísico y lo físico, siempre teniendo en cuenta el principio de no-contradicción.

El gnóstico, que se cree Dios (pero en el fondo se sabe imperfecto), busca endiosarse con una falsa redención que le lleva a retornar a una unidad indiferenciada en la que queda aniquilada su propia identidad. Y el afán humano por volver a un paraíso perdido en tiempos inmemoriales (al que a menudo reniega en la teoría pero recurre en la práctica porque no puede renunciar a su vocación de ser feliz) [2] lleva al gnóstico a veces a invocar como «tradición» cosas que no lo son en absoluto, o a tratar de resucitar por sus propios medios estructuras podridas hace siglos, o tratar de «transformar el mundo» (siempre el puro cambio) con sus propias manos en algo de manera brusca y sin base objetiva del resultado, debido a que no parte de los principios verdaderos, sino de sus propios caprichos vitales.

En quinto lugar, como el gnóstico se basa en la negación de la razón porque niega el principio de no-contradicción y la observación objetiva de la realidad, no tiene más remedio que manipular el lenguaje, para poder camuflar su absurda doctrina ahogándola en un río de palabras. Puesto que el ser humano piensa mediante el lenguaje, los gnósticos de todos los tiempos intentan modificar la realidad (aunque sea imposible modificarla porque ellos no son dioses aunque se lo crean) mediante la manipulación del lenguaje.

Para justificar su voluntarismo, darle apariencia de honradez y defender sus prejuicios, no hablarán de virtudes ni de principios, sino que descalificarán como «persona llena de prejuicios» a todo aquel que honradamente renuncie a sus pasiones para aferrarse virtuosamente a unos principios; no hablarán de virtudes ni de principios, sino de valores, para dar un tinte relativista a toda forma de pensamiento y asociarlo a la variabilidad de la bolsa; no hablarán de moral ―que les recuerda que no son dioses independientes― sino de compromiso, para ceñir las actitudes humanas a la volubilidad de unas emociones de las que no son dueños; tampoco hablarán de conducta social, pues ésta, clave de la civilización, podría poner en peligro el justo castigo a unas actuaciones censurables por las que quizá en algún momento ellos o algunos de sus amiguitos pagarán, sino de estilos de vida; ni tampoco hablarán de cuál es la verdad y cuál es la mentira, sino de qué es lo correcto y cuáles son las alternativas, a pesar de que esas alternativas son variantes de lo correcto por pura y vacía apariencia nominal, pero no real.

En algún momento, si alguien pretende alzar la voz contra sus escándalos o trata de defender la realidad, la justicia o el bien objetivo, será etiquetado con apelativos como reaccionario, alienado, ultra, dogmático, represivo, integrista o retrógrado, por citar algunas perlas. Y todo el corifeo de los tontos les escucharán, y a los defensores de la sana doctrina se les llegará a lanzar incluso otro arma arrojadiza más: fascistas (y eso que los fascistas, como los nazis, eran gnósticos y enemigos de la Tradición igual que ellos), y salivarán ―pero de odio― como el perro de Pavlov salivaba por hambre con la campanilla.

El Sistema les dará una palmadita en la espalda y les llamará contestatarios, porque, en su río de palabras, siempre tienen cabida mantras como la libertad, la igualdad, la solidaridad, la tolerancia, la liberación, la realización, la creatividad o la vida, palabras vaciadas de todo sentido y convertidas en carnets de socio del Sistema, aunque muchos se vanaglorien de combatirlo a pesar de ser sus guardaespaldas o sus marionetas.

Hasta el siglo IV, tuvo lugar una dura confrontación con el Gnosticismo, observable ya en los Hechos de los Apóstoles (Act. 8, 9-25); se esconderá después para reaparecer en los siglos XII-XIII. Esencialmente, los gnósticos se dividían en tres grupos: valentinianos, ofitas y sethianos. De estas corrientes proceden los sistemas de pensamiento y acción de autores (algunos aparentemente tan dispares) como Descartes, Giordano Bruno, Mercurio Van Helmont, Pico Della Mirandola, Spinoza, Averroes, Leibniz, Hume, Schelling, Fichte, Avicena, Kant, Hegel, Shaftesbury, Adam Smith, Goethe, Marx, Jung, Freud, Darwin, Schopenhauer, Nietzsche o Heidegger, por citar algunos.

BIBLIOGRAFÍA
  • Gambra Ciudad, R., El lenguaje y los mitos. Madrid 1983.
  • Hillaire, A., La religión demostrada. Barcelona 1944 (trad. esp. de Mons. A. Piaggio).
  • Innocenti, E., La Gnosi Spuria I: Dalle origini all’Ottocento. Roma 2009.
  • Innocenti, E., La Gnosi Spuria II: L’Ottocento. Roma 2009.
  • Meinvielle, J., De la Cábala al progresismo. Salta 1970 (reimp. Buenos Aires 1994).
  • Nardi, O., Il vitello d’oro. L’altra faccia della storia. Matino 2007.
  • Nitoglia, C., Per padre il Diavolo. Milán 2002.
  • Nitoglia, C., Gnosi e Gnosticismo, Paganesimo e Giudaismo. Brescia 2006.
  • Sauras, E., El Cuerpo Místico de Cristo. Valencia 1952.
NOTAS
  1. Esto mueve a alguna de las sectas de esta tendencia a defender la creencia en un dios andrógino (basado, en el fondo, en derivaciones de la idea mitológica de Gea y Urano, hoy reformulada bajo apariencia científica con la teoría del Big Bang).
  2. Marx (antepasado de Lenin y de Mussolini) persevera en la noción gnóstica de «cambiar la realidad», continuando con la corriente de Hegel, a pesar de modificar nominalmente la noción de idea por la de materia. Perteneciente a la Liga de los hombres justos (secta satánica cuyos miembros se reconocía por la forma de la barba y que dependía de los Illuminati de Baviera, creadores de la Nación Alemana adorada por los nazis) llegó a afirmar: La religión de los trabajadores es sin Dios porque busca restaurar la divinidad del hombre. Tras su muerte, Marx fue sepultado en el cementerio de Highgate, centro del culto satanista en Inglaterra; el Manifiesto Comunista fue financiado por los masones capitalistas Clinton Roosevelt y Horace Greely. Mucho antes del nacimiento de Hitler, el socio de la hija de Marx, llamado Hyndman Mayer, funda The National Socialist Party.

 

Segunda intervención
Aspectos filosóficos de la tradición católica

Enrique C.

Que la tradición católica se ha intentado socavar desde dentro de la propia Iglesia, de manera consciente o no, es algo que sabemos al menos desde la gran encíclica Pascendi de San Pío X, y de manera mucho más acentuada, desde el segundo concilio vaticano. De manera particular, se ha intentado minar la doctrina católica con sutiles errores filosóficos, dado que la revolución teológica de la Reforma no hizo más que fortalecer a la Iglesia, que con el Concilio de Trento brilló más intensamente que nunca. Es por ello que en la citada encíclica, San Pío X empieza describiendo el aspecto filosófico de los errores del llamado modernismo, considerado la suma de todas las herejías, pues de este aspecto se derivan todos los demás.

Así pues, en este apartado del primer círculo de estudio, tratamos sobre la filosofía que se adecua a la doctrina católica tradicional, no por ser una «filosofía cristiana», sino fundamentalmente por ser una filosofía realista, que precisamente por ser realista, está en armonía con las verdades de la fe. El drama de nuestro tiempo no es sólo la pérdida masiva de la fe, sino que han sido corroídos hasta los mismos cimientos de la razón natural.

Desde esta perspectiva, se hizo un breve recorrido histórico por las disputas entre la filosofía realista aristotélico-tomista, que como afirmaba Balmes, comienza a razonar a partir de certezas naturales, y el agnosticismo filosófico, que desde el escepticismo antiguo hasta Kant y sus epígonos, pasando por Descartes, comienzan a razonar a partir de la duda. El realismo parte de la consideración de que las cosas tienen un ser y una naturaleza que podemos conocer racionalmente, mientras que las filosofías escépticas, racionalistas e idealistas presuponen que la inteligencia está atrapada en los fenómenos o la apariencia de la realidad. La lucha de la doctrina católica, se ve entonces que es la lucha del realismo contra el ignorantismo, de la luz contra las brumas de la superstición y el error, y en términos vulgares, hasta del sentido común contra la locura. En palabras de G.K. Chesterton, aplicables a las filosofías idealistas de origen kantiano, «la locura es, en resumidas cuentas, la razón arrancada a sus raigambres vitales, la razón que opera en el vacío. El hombre que comienza a pensar sin los principios elementales adecuados, ése enloquecerá».

En definitiva, este enfrentamiento es el de la filosofía del ser y la filosofía del mero devenir, del puro cambio y de la nada, en donde Aristóteles fue la figura privilegiada, al que se llama sin más el Filósofo. Fue él quien supo asentar los fundamentos de la ciencia del ser, la metafísica, la parte más especulativa y elevada de la filosofía, en la que afirmó el ser de las cosas, armonizando la visión monolítica del ser de Parménides y la del mero devenir de Heráclito. Existe el movimiento y el devenir, pero también lo permanente, lo inmutable, es decir, el acto, el ser real, porque la negación del ser permanente y determinado niega también el movimiento, ya que no es posible pensar el devenir sin deviniente, sin portador permanente, mutación sin algo permanente. En todo cambio es necesario que haya un sujeto en el cual se da el cambio. Si todo es únicamente devenir, entonces nada es, y si nada es, todo es lo mismo, todo es igual. No hay siquiera movimiento ni cambio, y además seria igual lo verdadero y lo falso, el ser y el no ser. Y con ello se negaría también el principio de no contradicción, el primero de la ciencia, que ha sido atacado por Hegel y sus descendientes, tanto liberales como marxistas, y de entre ellos, también los modernistas. Pero Aristóteles introduce un tercer elemento entre la nada y el ser real, que es el ser potencial, y gracias a esto puede concebir el universo como algo que es, pero que a la vez está en movimiento, ya que el movimiento no es más que la progresiva realización de lo que es posible. Y racionalmente, desde el ser en devenir, se acaba por llegar al ser como acto puro, creador, eterno e inmutable, que es Dios.

Esta filosofía es la que sirve para articular la síntesis tomista, pues como dice G. Manser en su obra La esencia del tomismo, es la distinción del acto y la potencia la característica fundamental sobre la que construye su sistema de pensamiento Santo Tomás de Aquino, siempre ensalzado por el Magisterio de la Iglesia. En el Doctor Angélico se llega a la armonía de la fe y la razón por la distinción de ambas, no por la separación, como se pretendió desde Ockham y el protestantismo, llegando hasta Kant y todo el idealismo alemán, ni tampoco por la confusión de una y otra. Siendo una la Verdad, las vías de acceso a ella pueden ser distintas, pero nunca contradictorias; la razón por sí sola, como recuerda el Concilio Vaticano I, llega a conocer la existencia de Dios, mientras que la revelación nos dice cuál es su esencia, que por ser inefable, trasciende la razón. Así, ambas tienen un terreno propio y a la vez quedan armonizadas.

Sin embargo, las filosofías que han confundido o separado radicalmente la fe y la razón, han acabado por destruir una, otra, o generalmente, ambas. Eso es lo que ocurre con el modernismo, que partiendo de que no puede conocerse la realidad de las cosas, caen en el fideísmo o en el racionalismo, dos extremos similares. Así, Kant acaba considerando la religión dentro de los límites de la mera razón y en ocasiones dentro del sentimiento, como Schleiermacher, Hegel la reduce primero a moralismo y finalmente es absorbida por la filosofía del espíritu absoluto. Frente a la concepción de Santo Tomás de Aquino, que define la fe como «un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia» (S. Th. II-II, 2, 9), estos filósofos la reducen a un movimiento que surge de la misma conciencia humana, de ahí que, junto con la visión progresista de Hegel o el evolucionismo de Bergson, entre otros, se piense la conciencia se va transformando, y con ella la fe. Igual que consideran que el conocimiento racional no es algo cierto y externo al hombre, tampoco la fe, mientras que la Iglesia católica afirma, que la revelación, por contener la Verdad, no puede cambiar, igual que no puede cambiar que dos y dos son cuatro, más aún cuando la revelación es dada por Dios, que ni se engaña ni puede engañarnos. Pero trastocados los principios del realismo, los modernistas, discípulos directos del panteísmo de Bergson, llegan a considerar que no existe el principio de no contradicción, como sostiene LeRoy, y que la fe de ayer no tiene que ser lógicamente igual a la de hoy, como afirma De Lubac, o que «lo sobrenatural es absolutamente imposible y absolutamente necesario para el hombre», en palabras de Blondel. Todo esto lleva a un supuesto conflicto entre la fe y la razón que sólo se resuelve armónicamente volviendo a las fuentes claras de la filosofía de Santo Tomás de Aquino, tal como expresó León XIII en la Aeterni Patris, y como el mismo San Pío X propone como solución al modernismo en la misma Pascendi, igual que siempre ha sido repetido por el magisterio perenne de la Iglesia.

BIBLIOGRAFÍA
  • Balmes, J., Filosofía fundamental. Madrid, B.A.C., 1963.
  • Bourmaud, D., Cien años de modernismo. Genealogía del concilio Vaticano II. Buenos Aires, Ediciones Fundación San Pío X, 2006.
  • Chesterton, G.K., Ortodoxia. Barcelona, Alta Fulla, 2005.
  • Gilson, E., El realismo metódico. Madrid, Encuentro, 1997.
  • Manser, G., La esencia del tomismo. Madrid, CSIC, 1953.

 

Tercera intervención
La Santa Misa y las invenciones modernas

Alejandro A.

Hay un lema cartujo que dice: «Stat Crux, dum volvitur Orbis» (La Cruz permanece, mientras el mundo gira). Todo lo que gira lo hace alrededor de un eje, y en efecto, el único centro de la historia y del mundo es Cristo y su Sacrificio de valor eterno. El centro del mundo está en la Cruz, en el Calvario, allí donde reposa el cráneo del primer hombre caído y donde Dios hecho Hombre murió derramando su sangre sobre este y su linaje, Sacrificio que restaura gratuitamente lo que el hombre corrompió injustamente. El mismo Dios que nos creó con la mayor dignidad, la de poder llamarnos sus hijos, es quien nos la devuelve tras haberla nosotros perdido malignamente contrayendo con ello una deuda que por nuestra pequeñez de ninguna manera podíamos pagar.

Siendo el Santo Sacrificio el centro del mundo, de la historia y del plan salvífico de Dios, se entiende perfectamente que la Santa Misa, que es la renovación incruenta de éste, sea el centro de nuestro culto.

Ahora bien, ¿Sigue presente el sentido sacrificial de la Misa hoy? ¿Podemos seguir hablando de Misa, después del debacle producido tras la implantación del Novus Ordo?